El velatorio se hizo en el club, donde fue incesante la cantidad de personas que fueron a darle el último adiós, todo el día de ayer viernes y toda la noche.
Y hoy, es un sábado diferente para mí, para los hinchas de River, para los hinchas de todo el fútbol, nacional e internacional.
Miles y miles de mujeres, hombres, ancianos, gente grande, jóvenes, niños y niñas, caminando por la Avenida Alcorta, detrás de la carroza que lleva el féretro del gran AMADEO CARRIZO.
Hay muchas banderas blancas con una franja roja cruzada, muchas otras banderas argentinas y varias de otros clubes, todas, todas, con un pendón negro en el medio.
Yo llevo mi primera camiseta de River, la de piqué, claro, que me firmó el gran Amadeo cuando jugaba en la “Novena”. Fue una tarde en que me colé, junto a tres compañeros de equipo, en la cancha del “Monumental” cuando entrenaba la “primera”. Corrimos hacia atrás del arco que da al Río de la Plata en donde estaba “Tarzán” sentado en el piso. A su lado, se encontraba el “Gallego” Pérez.
Ambos se sonrieron al vernos y Amadeo nos pidió que nos corramos y le tapemos el sol, jejeje, el gran Amadeo nos pidió eso…
Después, nos preguntó si jugábamos en el club y en qué puesto. Yo, en ese entonces, jugaba en el arco y Amadeo me dijo: … (la puta, me emociono al recordar esto), Amadeo, me dijo: ¿Y qué aprendiste de mí?
Lo miré a los ojos y, balbuceando, respondí: “Me gusta jugar con los pies y volar, como usted, señor”.
Amadeo se sonrió, lo miró a su compañero y dijo: “Va a salir bueno el pibe, Gallego”.
Después, Pérez dijo: “Ja Ja Ja, míralo al “Negro” cómo corre”, refiriéndose a Melón, y empezaron a reír. También, cerca del “Negro” estaba, Ermindo y Labruna y el resto.
Antes de irnos, le pedí a Carrizo si me podía firmar la camiseta y me dijo que sí. Corrí a buscar una lapicera y Amadeo me la firmó. Con los años, la tinta se borró, pero me quedó “la de piqué”.
Cuando regresamos al entrenamiento, explotando de orgullo, nos “barajó” Alberto Palomino, nuestro técnico y nos suspendió por una semana.
Pero que importaba, estuvimos en la cancha y con Amadeo…
El cortejo, que no tiene fin, se expande por las calles laterales y no paran de cantar:
¡AMADEOOOO…, AMADEOOO…, AMADEOOO......!
Yo voy del brazo de mi esposa y de mis hijos, pero a mí no me sale la voz, no sé, tengo algo en la garganta que me lo impide, es como que algo me aprieta el “cogote” y también el “cuore”.
En esa caminata hasta el cementerio de la Chacarita, vamos tan juntos, que somos como una sola persona – gigante -, que acompaña al “héroe” de tantas jornadas de gloria.
Recuerdo cuando en la cancha de River, jugando contra Boca, le atajó el penal al “verdugo” Valentim y le devolvió la pelota como diciendo, “dale, probá otra vez”, y el “Negro” lo fusiló a quemarropa y Amadeo, tirándose hacia la derecha, le desvió el disparo. ¡Una locura total, fue la cancha!
O cuando le atajó el penal al gran Gerson, por la Copa de las Naciones y Carrizo fue la figura, en Brasil y en el mismísimo “Maracaná”.
O cuando, el 14 de julio de 1968, con 42 años, Amadeo Carrizo, superó el récord con la valla invicta que, al llegar hasta los 769 minutos, finaliza tras el cabezazo del goleador de Vélez, Carlos Bianchi.
Los jugadores sin atender al partido dejaron el balón y caminaron hacia el área. Incluso, el árbitro. Mientras que 50.022 gargantas gritaban: A-MA-DEO, A-MA-DEO.
Bianchi después contaría:
“Cuando Amadeo, mi ídolo de pibe, superó el récord, todo el estadio sacó pañuelos blancos y se puso a gritar ¡Amadeo. Amadeo, Amadeo…!
Fue la ovación más grande que escuché en mi vida. Carrizo saludaba con su gorra y lloraba; yo lo miré y también me puse a llorar. Un rato después le hacía el gol”.
A medida que avanza el cortejo, todo se hace más lento, mientras que desde los balcones, la gente arroja papelitos y flores a su paso y sigue coreando:
¡AMADEOOOO…, AMADEOOO…, AMADEOOO......!
Y cuando callan, la multitud estalla en aplausos interminables.
A veces, miro todo ese homenaje, más los recuerdos y lloro. Desconsoladamente.
Un hombre grande, canoso y con un bastón, se me acerca, me palmea la espalda y me dice: “Llorá, yo también lo vi jugar”, y se aleja lentamente.
Mis hijos no me dicen nada, saben que mis lágrimas son de pena, pero también de alegría, por haber visto a ese enorme jugador de futbol y por haber disfrutado tanto, todas sus habilidades.
La caravana se detiene y ya no puede andar más. Nosotros estamos frenados en Federico Lacroze y Álvarez Thomas.
Alguien dice que hay un mar de gente hasta el cementerio.
Era de esperarse. ¡Qué menos se merecía este ídolo, tal vez, el ÚLTIMO ÍDOLO del fútbol!
Yo sé, que nadie ni nada ha de borrar mis recuerdos y esa imagen de AMADEO CARRIZO, con sus elegantes suéteres que cambiaba de color en cada partido, yendo “cancheramente” hacia el arco de la Avenida Alcorta, mientras la platea de mujeres espera que levante el brazo izquierdo y las salude. Carrizo, con cara picarona las mira y alza su brazo y la tribuna estalla en un griterío infernal (y de suspiros, también), mientras que todo el estadio corea:
¡AMADEOOOO…, AMADEOOO…, AMADEOOO......!