El público usaba sombrero (imagen de una tribuna en 1936)
En esa mitad del siglo XX, los días domingo eran una verdadera fiesta. Mientras que los chicos nos alimentábamos con el Águila Quick o el Toddy o el Vascolet o simplemente, mate cocido con leche “La Vascongada”, los grandes comían temprano y se aprestaban para ir a la cancha a ver a la tercera, a la reserva y a la primera.
Todos los partidos se jugaban el mismo día, a la misma hora y en un solo campeonato que duraba el año entero. Los quince minutos de entretiempo se respetaban, no había cambios durante el partido, los jugadores no hacían teatro y existía una verdadera caballerosidad deportiva, a pesar de las lógicas rivalidades.
Los jugadores permanecían en sus equipos durante años y aún hoy, uno puede recordar las diferentes formaciones.
Esos hombres “querían y defendían de verdad” a sus colores, se mataban por su club en las canchas y cobraban dos mangos.
Parece que algo cambió en el fútbol y ha sido positivo solo para el bolsillo de algunos “piolas”.
El público que asistía a los estadios de fútbol, eran casi todos hombres que iban vestidos con saco, corbata y sombrero y despedían a su equipo vencedor agitando pañuelos blancos.
Mientras se tomaba “Pomona” fresca en conos de cartón y se fumaba Jockey Club, Saratoga o Particulares, todos sin filtro, por supuesto, la gente se enteraba de los resultados de los otros partidos comparando los códigos de letras que salían en la revista “Alumni” con la cartelera que estaba en lo alto de los codos de las tribunas (en la cancha de River estaban a ras del piso junto a la pista de atletismo, a cada lado de los laterales).
Las entradas se sacaban en el momento, no había reventa y para ingresar no se realizaban controles de ninguna índole ni se palpaba de armas a nadie.
Existía algo que en aquella época nosotros conocíamos muy bien porque se nos enseñaba en nuestra casa y en las escuelas y era la palabra “respeto”.
Cuando terminaba el partido, no teníamos que esperar a que se vaya la hinchada contraria, salíamos todos los hinchas juntos y no había emboscadas porque a nadie se le podía llegar a cruzar semejante idea.
Después, teníamos toda la semana para disfrutar de la victoria y analizar el partido o, en la derrota, sufrir las cargadas de los rivales.
Hoy, con los años puestos encima, paso esta película una y mil veces y siempre, siempre, termino lamentándome de lo perdido, pero por, sobre todo, me duele mucho más que mis hijos, junto a las nuevas generaciones, no hayan podido disfrutar de esa verdadera fiesta que era el fútbol.
No me conforma esa estúpida frase: “los tiempos cambian y nada dura para siempre”.
Y yo digo: “Si algo debe cambiar totalmente, es porque no es bueno y si es bueno, ¿es necesario que cambie tanto?”.
(Fuente: Capítulo perteneciente al libro “Club Atlético Atlas” - El último romántico del fútbol, de Miguel Ángel Giordano. Este libro está declarado “DE INTERÉS CULTURAL”).

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