Miguel Ángel Giordano, autor de este artículo, y el jugador "Pechito" Segovia
Este último domingo 28 de marzo/2021, el equipo de Atlas venció a su clásico rival: Leandro N. Alem y hubo una jugada que causó conmoción, por su desfachatez y su belleza.
El jugador de Atlas, FERNANDO MALDONADO, hizo la “360”, una jugada digna de los potreros, en donde se para sobre la pelota y gira sobre ella mientras hace visera buscando a los contrarios.
Norberto “Beto” Bocchia me llamó para contarme lo que había sucedido y me envió esta imagen.
Enseguida recordé a mi “hermano mayor de la vida”, que es (aunque ya no esté): EDMUNDO “Pechito” SEGOVIA.
Para los que no lo conocieron, transcribo esta nota que lo pinta tal cual era.
“PECHITO” SEGOVIA Y LA 360!!!
Uno puede hablar de algunos jugadores de Atlas que descollaron. También se puede hablar de otros que se destacaron por diversas aptitudes o de quienes no pudieron quedar en la retina de la memoria. Pero lo que uno rescata de todo lo que le tocó vivir dentro de ese pequeño mundo del “Marrón”, ha sido, es y lo seguirá siendo, la amistad y el afecto que fueron las características primordiales de todos los que pasaron por el club.
Tuve la gran suerte de poder ver jugar a valores de la talla de Ricardo y Manolo Albor, de Luis De Vivaldi, de Alberto Bartaburu, de Carlos Raschia, de “Mate Martín” (que hizo el primer gol en la era profesional), de Ricardo Cánepa, de Hugo Zurita, del Negro Ahumada y muchos otros de gran valía y cuya lista sería larguísima.
En nombre de todos los que han pasado por el club y a modo de homenaje para ellos, he elegido a uno de ellos por ser de los históricos de Atlas y referente ineludible e insoslayable; me refiero a EDMUNDO “Pechito” SEGOVIA, de quien todos los que lo vieron jugar, y yo me incluyo, decimos que ha sido superior a Maradona.
Era de estatura más bien baja, pero morrudo y fuerte. Su estampa tan característica de cabeza alzada, ojos bien abiertos, pecho al viento y zurda enajenante que abrazaba con firme suavidad el cuello de la pelota, derrochaba elegancia, precisión y firmeza.
Se divertía y nos hacía divertir a todos; si hasta la pelota parecía sonreír cuando se enredaba entre los cordones de su botín.
Yo lo he visto eludir a un rival, a otro y a otro más, y cuando se acercaba al gol daba media vuelta con la redonda siempre en el pie y se alejaba del arco para empezar de nuevo a esquivar rivales, mientras les decía: “Vamos a ver si ahora pueden, muchachos”.
Es fácil suponer cómo se ponían los contrarios y cómo lo trataban. Le llovían patadas de todos lados y ni siquiera lo rozaban. Encima, cuando los pasaba y quedaban revolcados por el piso, los cargaba con un irresistible “Ieva”. Claro que cuando lo agarraban lo revoleaban por el aire y después empezaban las piñas.
El hacía de las suyas en todos los partidos y en cualquier lado, porque jamás arrugaba. A veces, en los desafíos que se jugaban contra el equipo de la villa miseria que rodeaba la cancha de Atlas y de Fénix, mientras que bailaba al Negro Tansi, a Pipeta o a Pelé, desde afuera le gritaban que cuando termine el partido lo iban a matar y él desde la cancha les retrucaba: “Sí, después me matan, pero ahora los voy a bailar otro poquito”.
¡Para qué!, los de afuera no sabían si entrar en ese momento a reventarlo, o morirse de risa y seguir deleitándose con el juego que este fenómeno desplegaba.
“Pecho” fue el inventor de la “Zapatilla”, como él dice. Era un truco sobrador que solía hacer durante los partidos. A veces jugaba con zapatillas muy endebles de marca “Boyero” y cada tanto se le salían porque no tenían forma de nada, ni de zapatilla siquiera. En algún momento del partido, cuando venía con la pelota al pie, se detenía y hacía que estaba calzándose la “Boyero” mientras miraba de reojo al jugador contrario más cercano. Éste, creyendo que podía hacerse del balón, corría hacia “Pecho”, quien en rápida maniobra, le tocaba suave la pelota y lo hacía pasar de largo como un toro embravecido, al tiempo que le decía: “¡Ieva!”.
¡Cómo no iban a querer romperle una gamba los contrarios!
Tenía otro truco que era digno de ver. Pechito venía con la pelota al pie y de pronto se detenía, se subía arriba de ella y haciendo visera con la mano miraba a lo lejos, al tiempo que, con un movimiento de cintura, giraban 360 grados, él y la pelota. Se sabe de algún jugador que se fue de la cancha ofendido y humillado ante tal descaro.
La calidad de “Pechito” Segovia quedó muy grabada en la memoria de todos los propios y ajenos de todas las calles y canchas en que jugó y su recuerdo sigue aún inalterable. Pero se debe destacar también, la calidad humana que mostró y demostró a lo largo de la vida. Su solidaridad, su compañerismo, su bonhomía y su desopilante humor, lo han convertido en el referente más importante de todos los jugadores que han pasado por Atlas. Y esto no lo digo yo solamente, es el sentimiento de aquéllos que lo han conocido.
Muchas gracias, “Pecho”. Ojalá que algún día la tribuna local lleve tu nombre y se te brinde el homenaje tan merecido.
(Fuente: Extractado del libro “CLUB ATLÉTICO ATLAS – El último romántico del fútbol”, de Miguel Ángel Giordano. Declarado “DE INTERÉS CULTURAL”).


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